GALICIA POR DENTRO, DE FINISTERRE A EZARO

No hay que tener un motivo especial para romper la rutina del fin de semana, aunque cuando  existe de verdad y puedes compartirlo, vale la pena dar el salto, sobre todo cuando tenemos el privilegio de vivir en una escenario de contrastes, lleno de riquezas, repleto de sorpresas, en donde el mar y la tierra se presentan en su máxima expresión y en distintos formatos. Galicia es única y mágica, por lo que conviene no perder nunca el pulso por redescubrirla. En esta ocasión he elegido un trozo de piel de su geografía para proponer un capítulo de mi Galicia por dentro, de Finisterre a Ezaro.

Quería un hotel intimo y desde el que se respirase y viese el mar, y tuve la suerte de encontrarlo pegadito a la Playa de Langosteira, el Hotel Alen do Mar (www.hotelalendomar.com), Muy acogedor, transparente y con ciertos toques de modernidad, en donde la luz y tranquilidad priman por encima de cualquier otra sensación. Al llegar y antes de caer la tarde, optamos por asomarnos a la playa para aprovechar el acogedor paseo que la acompaña, casi hasta las puertas del pueblo de Finisterre. Entre árboles adivinábamos el horizonte más allá de la arena y la serenidad de un mar que quería descansar para recibir sentado la puesta de sol. Casi al terminar la playa de Langosteira, me dí de bruces con los barriles del mítico restaurante Tira do Cordel (www.tiradocordel.com). Qué magníficos recuerdos de sus percebes, navajas y la super lubina, instalada en el número uno en nuestro ranking de la memoria. Eran todavía las 20,00 horas y estaba cerrado, por lo que optamos para seguir hacia Finisterre, sentarnos en una terraza y disfrutar del cosmopolitismo de los inagotables peregrinos extranjeros que salpicaban la villa de colorido y de idioma inglés.

Playa de Langosteira
Playa de Langosteira

 

CIEN AÑOS DE SINCERIDAD EN LA COCINA

Antes de que oscureciese el día iniciamos el regreso al hotel por el mismo trayecto de ida, pero con el encanto añadido de un mayor silencio, y un camino de claroscuros cómplice de una noche que amenazaba con una luna casi llena y ese reflejo mágico sobre el cristal del mar encalmado, hasta inundar de plata el cuadro delante de nuestros ojos. Teníamos una cita con la cena, nos cambiamos y directamente  bajamos hacia Sardiñeiro de abajo, a pocos minutos del hotel, a Casa Lestón. Un restaurante familiar que este año cumple 100 años de vida y que tiene sus raíces de cocina tradicional bien agarradas como un referente histórico de la zona, tanto como local de encuentro de los vecinos y visitantes, como café, bar de tapas o restaurante.El ambiente familiar se respira desde la puerta hasta cruzar al comedor, el toque tradicional de las sillas y taburetes de madera y las fotografías históricas de las paredes contrastan con las pinturas modernistas de los cuadros del comedor, en donde Julio Marcote, tiene su sello pictórico.

Tortilla de Longueirons
Tortilla de Longueirons (Casa Lestón)

El menú fue finisterrán cien por cien. De primero unas Zamburiñas a la plancha, de un tamaño singular y perfectas de sabor. A continuación no podíamos renunciar a uno de los plato estrella de la carta de Lestón, la Tortilla de Longueirones, jugosa hasta convertir el huevo en el mejor mar para navegar el longueiron. Desde luego vale la pena, por su textura y exquisitez, en definitiva, un plato magnífico. Como principal y al ser de noche optamos por seguir con la propuesta de plancha y de la oferta que nos hicieron elegimos el Rape a la plancha, era de gran tamaño y de trozos grandes, lo que no impidió que nos lo sirvieran en su punto, más hechos por fuera y muy jugosos por dentro. Para ponerle el sello al menú, ya casi sin hueco, elegimos la Empanada casera de manzana, buenísima de sabor y complemento perfecto para el café final.

DE ALEN DO MAR O SEMAFORO

El gran acierto del emplazamiento del Hotel Alen do Mar lo pudimos experimentar desde la terraza de la habitación, cuando comprobamos el anuncio de la tormenta que iba a empapar la noche y llenar de niebla la mañana del día siguiente, aunque el espectáculo del cielo lo justificase  todo.

Por la mañana, ya en coche, subimos hacia el Faro de Finisterre, y comprobamos el tirón de su condición de meta de peregrinaje, a pie, en coche o en bus, los visitantes esquivaban el orballo, todo por asomarse al balcón desde que se sueña el horizonte del fin del mundo y en donde los sueños viajan en cascadas de imaginación. Quisimos hacer un descanso y conocer otro referente turístico y motivo de una próxima visita, el Hotel O Semáforo, muy pegado al Faro, unos metros antes de llegar a él. Antiguamente era un edificio de vigilancia de la marina y después de hacer una magnífica obra de rehabilitación, se ha convertido en un hotel y restaurante con encanto. Sólo cuenta con cinco habitaciones con lo que es todo un lujo poder vivir allí una experiencia de fin de semana y sobre todo pasar una noche.

Hotel O Semáforo con el Faro de Finisterre al fondo
Hotel O Semáforo con el Faro de Finisterre al fondo

 

Tras un pequeño aperitivo y el correspondiente disfrute del entorno, el mar en estado puro y las vistas, nos fuimos de Finisterre a  Ezaro en donde habíamos  reservado para comer. Pasamos por Corcubión, cruzamos Cee y a pocos minutos ya llegamos a Ezaro, en plena costa. Desde la carretera, pegada al mar, nos adentramos hacia el interior para dirigirnos a la cascada, como referencia, ya que por la hora preferimos detenernos en ella después de comer. El restaurante estaba situado justo en la zona alta del embalse por lo que subimos por la carretera estrecha en pendiente, sin renunciar al vértigo de las maravillosas vistas que íbamos conquistando. Una vez pasada la desviación del mirador de la cascada del Rio Xallas, seguimos de frente y a escasos metros encontramos la desviación hacia el Restaurante Landua.

UN LUJO ESCONDIDO EN EL ALTAR DE ÉZARO

La sorpresa ya nos la llevamos al entrar en el aparcamiento y comprobar la belleza y la estética exterior, tanto de la Casa de Turismo Rural, Santa Uxía (casadesantauxia.es) (7 habitaciones), como la entrada al Restaurante con su emblemático y coqueto pozo de piedra. Una arquitectura rústica pero muy cálida que nos aconpañó hasta el pequeño comedor desde donde se disfruta la vista del embalse del Xallas. Se llenó toda la estancia de reservas hasta llegar a los  17 comensales. Según nos sentamos, con mucha amabilidad y delicadeza, nos cuentan el menú, que como sabíamos de antemano era una propuesta cerrada de 6 platos y un precio de 30 € sin vino, por si teníamos alguna incompatibilidad. La carta de vinos, algunos se pueden pedir por copa, es una apuesta sólo por los gallegos, y optamos por un tinto mencía, Guimaro 2016, un acierto total.

 

Espectacular vista de Ézaro, desembocadura del río Xallas, playa y mar
Espectacular vista de Ézaro, desembocadura del río Xallas, playa y mar

Y la fiesta gastronómica empezó: primero con una Caballa marinada con base de crema de puerros, suave de textura y jugosa en su mezcla con la crema; a continuación, una Crema poché de patatas con huevo, pan de maíz y chorizo, todo muy bien picado, un bocado excelente por el que se respiraba el aroma del chorizo; el tercer plato fue una Lasaña con rabo de vaca estofado, un escándalo de sabor, resbaladizo en el paladar y nada contundente, sino todo lo contrario, deslizable diría yo, para no olvidarlo. Después la propuesta firme del pescado fue un Salmonete cocido a baja temperatura con una velouté de hígados del propio pescado y con guarnición de calabacín ecológico, terminado a fuego directo con soplete. Y el plato fuerte de carne lo representó un Lomo de vaca de Bandeira con pimiento ecológico de la zona y jugo de la propia carne. La despedida del recital gastronómico la puso la Crema dulce de calabaza con naranja, yogur y galleta.

Nos tomamos café y guardamos el silencio suficiente como para trasladar los sabores que acababamos de disfrutar a nuestra memoria y grabarlo a fuego para no olvidarnos de ningún detalle y tener la capacidad para poder transmitirlo a mucha gente y que quién lo lea se contagie y lo pueda experimentar. Tanto el restaurante como la casa rural es la apuesta de dos valientes Alberto y María que con su trabajo, su exquisita interpretación de la perfección, han convertido ese rincón del Ezaro en un lugar de culto y peregrinación. Si algo le faltaba a esta zona de la Costa da Morte, lo han puesto ellos con broche de oro.

Restaurante Landua el descubrimiento de una apuesta por la calidad
Restaurante Landua el descubrimiento de una apuesta por la calidad, desde la sencillez de una cocina sincera, sin tapujos

Después de esa experiencia y el descenso hacia la catarata, rodeados de magia paisajística, sólo nos quedaba dar las gracias y reforzar nuestro sentimiento de orgullo gallego. De Finisterre a Ézaro es una demostración más de  la generosidad de nuestra naturaleza, de todo lo que nos regala y que solo debemos proteger y defender como patrimonio eterno, y orgullo por pertenecer a una tierra única con la que estamos en deuda permanente por no recorrerla, conocerla, y profundizar en ella más, por lo menos un fin de semana, de vez en cuando.

El regreso lo hicimos por Carnota, O Freixo, Muros, Noia, etc. pero ese trayecto será motivo de otro capítulo.

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